Mi práctica pictórica se sitúa en el ámbito de la pintura expandida como campo perceptivo. No desarrollo una representación mimética del mar, sino una construcción estructural de experiencia. El horizonte funciona como límite físico y ontológico: una línea de tensión que organiza la superficie y articula profundidad, presión y vacío.
Trabajo con acrílico, tintas, estuco y gesso mediante procesos de superposición, erosión y fractura. La materialidad no opera como recurso estético, sino como sistema constructivo: sedimentación, desgaste, colisión. La pintura se configura desde la acumulación y la alteración, generando superficies que oscilan entre lo geológico y lo atmosférico.
El color cumple una función estructural precisa. Los azules activan la inmersión; los turquesas y verdes construyen respiración y expansión interna; el dorado introduce fricción y elevación; el blanco actúa como interrupción del plano y reconfiguración del espacio. Cada obra propone un campo envolvente que desplaza la imagen hacia una experiencia corporal.
Mi investigación se centra en traducir a la materia dinámicas profundas del mar —presión, límite, expansión— como arquitectura perceptiva. La obra alcanza autonomía cuando logra sostener esa tensión sin explicación ni relato.