ARCHIVO

Obras en colección privada.

Hipoacusia Submerxida

30 x 40 cm - lienzo. XC 001

Acrílico, gesso, arena, veladuras acuosas

Hipoacusia Submerxida interpreta la experiencia de escuchar el mar desde dentro: un sonido filtrado por agua, memoria y distancia. Las capas de acrílico, gesso y arena generan un relieve mineral que funciona como un paisaje sumergido, donde cada textura actúa como eco atrapado en la materia.

La obra indaga en la frontera entre lo audible y lo velado. Los turquesas erosionados evocan frecuencias bajas, íntimas, como si el océano hablara desde un interior líquido. Al sumergirse en sus veladuras, la percepción cambia: lo visible se vuelve sonido.

Aquí la hipoacusia no es ausencia,

es otra forma de oír la marea.

Cinzas de Sal

30 x 40 cm - Tablilla. XC007

Acrílico , gesso mineral, arena, veladuras frías.

Cinzas de Sal habita el territorio donde el océano se vuelve memoria suspendida. Las capas erosionadas de acrílico y arena forman un paisaje helado, casi lunar, donde la sal cristaliza como ceniza luminosa sobre un mar silencioso.

La obra funciona como una atmósfera de deshielo emocional: blancos agrietados, grises minerales y brumas azuladas que revelan un océano detenido en su propia respiración.

Es un cuadro sobre la huella fría de la marea cuando ya se ha retirado.

Aquí la luz no estalla: permanece, como un eco que respira desde dentro.

Cíes

30 x 40 cm - Lienzo. XC 016

Acrílico, gesso mineral , arena, veladuras profundas.

Cíes es una geografía revelada desde la altura: un archipiélago que emerge con precisión mineral sobre un mar que respira en capas de azul.

La obra interpreta las islas como un cuerpo vivo —una columna vertebral luminosa— donde cada relieve recoge el pulso del Atlántico.

Las veladuras profundas construyen una atmósfera de inmersión: el color no es superficie, sino hondura. El azul se despliega en gradientes que sugieren corrientes frías, zonas de calma y la vibración antigua del océano alrededor de la roca.

La arena se integra como memoria física de la costa, una huella que ancla la imagen al territorio real.

Aquí, Cíes es territorio y es sueño:

una visión cartográfica atravesada por la sensibilidad del agua, donde las islas aparecen como una revelación serena en medio del vasto azul.

Fervenza

30 x 40 cm - Tablilla. XC 018

Acrílico, gesso, arena.

Fervenza es el instante en que el agua se abre para revelar su corazón.

La obra condensa un movimiento vertical —ascenso y caída— que deja en el centro un fulgor rojo, como si la corriente mostrase por un segundo la vida que la impulsa.

Las capas de gesso y arena generan un relieve que recuerda a una garganta mineral: estratos que se separan, líneas que tiemblan y convergen hacia un núcleo que arde bajo el agua. Las veladuras turquesas envuelven esa pulsación con calma, como si el océano protegiera un secreto incandescente.

El rojo, atrapado entre pliegues, funciona como un latido subacuático:

una energía que asciende desde lo profundo para romper la superficie y volver a descender.

Aquí, Fervenza es revelación:

un corazón sumergido que insiste en hacerse visible, aunque sea solo un instante.

Garabullos

30 x 40 cm - Tablilla. XC 019

Acrílico, gesso, arena, conchas

Garabullos captura el juego del mar cuando todo parece ligero: ramas, espumas, trozos de vida que la corriente mueve sin prisa, como si el océano dibujara su propia caligrafía sobre la superficie.

Las texturas de gesso y arena generan un relieve cálido, casi terrestre, que contrasta con las aguas turquesas que lo envuelven. Las conchas incrustadas funcionan como pequeños núcleos de historia: restos que no se pierden, sino que flotan, sobreviven y encuentran nueva forma.

El movimiento circular del agua organiza este caos amable: un vaivén que recoge, suelta, mezcla y vuelve a reunir lo disperso.

Lo que parecía residuo se convierte aquí en traza, en memoria suspendida por la marea.

En Garabullos, la materia menor —lo que el mar arrastra sin importancia— revela otra verdad:

todo lo que flota tiene su propio destino, su propio ritmo, su propio regreso.

Bahía interior

30 x 40 cm - Tablilla. XC 121

Acrílico, gesso mineral , arena, veladuras profundas y conchas.

Bahía interior se adentra en la vibración íntima de las profundidades marinas, en ese territorio donde la luz apenas llega pero la vida continúa latiendo. Un espacio abisal, silencioso y fértil, donde la materia se vuelve memoria y el tiempo se condensa en capas.

Las texturas mineralizadas y las veladuras oscuras construyen un campo pulsante, casi orgánico, que evoca el ritmo secreto del océano: un latido lento, contenido, que sostiene la vida desde lo invisible. La obra no representa un lugar físico, sino un estado interior: una bahía simbólica donde resguardo, transformación y origen se confunden.

Aquí, la pintura se convierte en geología emocional. Cada estrato guarda un fragmento de silencio, cada pigmento una huella de profundidad. Bahía interior invita a sumergirse en ese espacio donde el mar deja de ser paisaje para convertirse en conciencia.

Ollada

30 x 40 cm - Tablilla. XC 022

Acrílico, gesso, arena y conchas

Ollada es una apertura: un ojo mineral que se asoma al interior del océano.

La pieza funciona como un umbral donde lo terrestre y lo acuático se miran mutuamente. La superficie rugosa del borde —ocre, dorada, casi geológica— enmarca un centro líquido que vibra en turquesas y azules profundos, como si fuese una laguna primitiva protegida por un anillo de tierra.

Las conchas incrustadas actúan como testigos antiguos, pequeñas memorias del mar que emergen para recordar que toda mirada verdadera nace de la materia y del tiempo.

En esta obra, el mar no es solo paisaje: es un espejo. Un espacio que devuelve una visión interior a quien contempla. “Ollada” es tanto una mirada al océano como la sensación de ser mirado por él.

El resultado es una pieza que invita a detenerse, a escuchar y a ver desde dentro: un ojo abierto de agua.

Lesma

30 x 40 cm - Tablilla. XC 024

Acrílico, gesso mineral , arena y conchas

En Lesma, la materia se convierte en rastro: un gesto lento, orgánico, casi imperceptible, que sin embargo transforma por completo la superficie que toca. La obra parece surgir de un suelo vivo, erosionado y fértil, donde cada relieve guarda memoria de un movimiento mínimo pero persistente.

La paleta terrosa, con verdes minerales que emergen como oxidaciones antiguas, evoca la piel húmeda de los bosques atlánticos; la textura —rugosa, densa, estratificada— recuerda esa huella que dejan los cuerpos pequeños cuando avanzan sin prisa pero sin pausa.

Aquí, lo diminuto adquiere dignidad de paisaje.

Lesma habla del avance silencioso: de los procesos internos que casi no vemos, pero que cambian nuestra forma, nuestro ritmo y nuestro destino. La obra celebra ese otro tiempo, el tiempo lento que sostiene la vida profunda, la que no necesita exhibirse para ser poderosa.

Es una pieza que invita a detener la mirada y descubrir que incluso en lo más pequeño hay una geología íntima y un pulso antiguo.

Samil

50 x 70 cm - lienzo. XC 029

Acrílico, gesso, arena, veladuras acuosas

Samil es memoria luminosa: la orilla donde el mar se despliega en ritmos largos y previsibles, como una respiración antigua que vuelve siempre al mismo lugar. La obra captura ese instante en el que la ola se acerca sin prisa, dibujando curvas suaves que modelan la arena y dejan un pulso de claridad sobre el borde costero.

Las veladuras turquesas y los blancos espumosos funcionan como estratos de movimiento: capas que se superponen y retroceden, revelando la transparencia del agua justo antes de romper. En la arena aparecen pequeñas sombras minerales, restos de conchas y depósitos que la marea distribuye como si fueran huellas de un tiempo más hondo.

La composición mantiene un equilibrio sereno: nada irrumpe, nada amenaza; el mar se abre en líneas limpias que generan una sensación de calma expansiva, casi meditativa. Es un paisaje que no solo se mira: se recuerda.

Aquí, Samil es presencia:

el rumor del Atlántico convertido en claridad, descanso y horizonte.

Corgo

40 x 40 cm - lienzo. XC 035

Acrílico, gesso, arena, pan de cobre, bicarbonato, pintura asfáltica

Corgo es una excavación en la memoria mineral del mar: un círculo arcano que emerge como si hubiera permanecido siglos bajo las aguas, oxidándose, respirando, transformándose. La obra captura ese instante en que la materia revela huellas antiguas —un rastro, un sello, un fondo que vuelve a hablar.

Los pigmentos oxidados, el pan de cobre y las texturas arenosas generan un relieve que parece vivo, casi arqueológico. Cada capa funciona como sedimento acumulado por una marea insistente; cada grieta, como la escritura secreta de un tiempo que no vemos, pero que sostiene lo visible.

El círculo central no es perfecto: está roto, erosionado, abierto.

Ahí reside su verdad.

Es un símbolo que no encierra, sino que respira; un umbral que se oxida, se expande y se salva a sí mismo de desaparecer.

Aquí, Corgo es eco y vestigio:

una forma que regresa desde el fondo para recordarnos que nada se pierde del todo en el mar.

Solpor

30 x 40 cm - Díptico. XC 067

Acrílico, gesso, arena.

Solpor es el instante en que el día se inclina hacia el silencio.

Un horizonte cálido se despliega en dos cuerpos que comparten un mismo resplandor: ocres, rosados y rojos que se derraman como luz que desciende.

Las texturas, casi minerales, evocan la piel de una tierra que respira al final de la tarde: un latido lento, una combustión suave, una despedida luminosa.

Aquí la forma se divide para intensificar su eco: dos superficies que hablan desde una misma caída del sol, dos presencias que sostienen el mismo fulgor.

Es un díptico-crepúsculo: un territorio donde el día se entrega, y la luz, aún viva, se vuelve memoria.

Carril

30 x 40 cm - Díptico. XC 068

Acrílico, gesso, arena.

Carril es una marea quieta: dos planos que respiran en un mismo ritmo azul.

La superficie trabaja como una deriva suave donde el agua se vuelve textura, gesto y profundidad calma.

Los relieves evocan la arena que se repliega bajo un mar en reposo, la huella líquida de una bajamar que revela caminos, silencios, territorios íntimos.

En este díptico la forma se divide para amplificar su horizonte: dos cuerpos que comparten una misma claridad atlántica, dos orillas que se buscan sin moverse.

Es un paisaje suspendido, un intervalo de luz que conserva la serenidad de la costa cuando todo se aquieta.

Selene

50 x 70 cm - Lienzo. XC 058

Acrílico, gesso mineral , arena, veladuras profundas.

Selene es una contemplación del brillo lunar como geología suspendida: un astro cercano que respira luz fría sobre un océano de sombra.

La superficie revela cráteres, veladuras y rastros minerales que evocan una memoria antigua, como si la luna guardara en su piel el eco de todas las mareas.

El fondo oscuro funciona como un espacio en expansión: un cielo que no delimita, sino que invita a entrar.

Aquí la luz no ilumina: guía.

Selene es la presencia silenciosa que observa, la que marca ciclos, ritmos y renacimientos, la que recuerda que incluso en la noche más profunda existe un centro que permanece vivo.

Titán

70 x 90 cm - lienzo. XC 059

Acrílico, gesso, arena, veladuras acuosas

Titán es una cartografía en espiral: un planeta que parece formarse mientras lo miras, como si su superficie aún estuviera en proceso de nacer.

Las líneas circulares funcionan como estratos en movimiento, capas de tiempo que se desplazan unas sobre otras, revelando un núcleo cálido y vivo.

El entorno oscuro abre un espacio sideral donde flotan órbitas, partículas y ecos de otros cuerpos celestes.

Es un paisaje cósmico que palpita: una geología del universo, donde el color y la luz se comportan como memoria en expansión.

Aquí el planeta no está quieto: crece, respira, se despliega.

Es una metáfora del origen —de todos los orígenes— y una invitación a contemplar cómo lo esencial se forma desde dentro hacia afuera.

Rising Sirius

50 x 70 cm - Díptico. XC 060

Acrílico, gesso, arena, veladuras acuosas

Rising Sirius es un díptico que captura el ascenso de la estrella más brillante del firmamento: dos cuerpos de luz que emergen desde un océano cósmico en plena combustión.

Las dos piezas dialogan como si fuesen hermanas binarias, orbitando una misma fuerza interior.

Las texturas minerales abren un espacio donde materia y energía se mezclan: turbulencias, nebulosas, ondas expansivas que recuerdan el nacimiento de una estrella.

En el centro, los núcleos luminosos laten como dos corazones astrales que se buscan, se responden y se equilibran.

El díptico revela un movimiento ascendente: una elevación, un despertar, un regreso a la luz primigenia.

Aquí la estrella no solo brilla: se alza.

Es el gesto de una potencia que vuelve a encenderse.

Tecesonos

70 x 90 cm - lienzo. XC 061

Acrílico, gesso, arena, papel, pasta de modelar, red, tela

Tecesonos es una luna que no ilumina desde fuera, sino desde dentro.

Una forma nacida de capas, hilos y sedimentos que evocan lo que se teje en silencio: vínculos, memorias, corrientes que sostienen sin ser vistas.

La superficie funciona como un telar cósmico donde cada partícula —arena, papel, red, pigmento— actúa como un hilo que recoge lo vivido y lo transforma.

La red, casi oculta, vibra como una trama que recoge lo frágil; la luna, emergente y blanca, asciende como un amuleto que guarda la noche.

Aquí la materia se vuelve rito: un círculo que protege, un latido que se eleva, un espacio donde la luz se hila con la sombra para revelar una presencia serena.

Tecesonos es una luna tejida de memoria,

un refugio suspendido sobre un océano de azules profundos.

Moiras

70 x 90 cm - lienzo. XC 062

Acrílico, gesso, arena, tintas, polvo de mica dorado y nacarado, betún

Moiras es una cartografía del destino, un tejido cósmico donde tres esferas laten como núcleos de tiempo: pasado, presente y futuro dialogando en un mismo plano de luz y sombra.

La superficie —erosionada, profunda, llena de veladuras— funciona como un mapa ancestral: cada grieta parece escrita por algo más antiguo que la mano, como si la materia guardara la memoria de lo que ya fue decidido y lo que aún está por nacer.

Las esferas brillan con polvo nacarado y oro, recordando la labor secreta de las Moiras: hilar, medir y cortar.

Aquí no hay tragedia, sino un orden íntimo: el reconocimiento de que toda vida se mueve entre tensiones, caminos y bifurcaciones que convergen en un mismo hilo luminoso.

Moiras es, en esencia, un cosmos gobernado por tres fuerzas que entrelazan lo humano y lo divino.

Un territorio donde el destino no aprisiona: revela.

Eva

40 x 50 cm - lienzo. XC 063

Acrílico, tintas.

Eva es una génesis íntima: una esfera de carne y luz que emerge entre pigmentos en ebullición, como si el primer latido del universo tomara forma humana.

La superficie vibra con veladuras y tensiones cromáticas que sugieren nacimiento, pulsación, deseo. La materia no describe un cuerpo: lo convoca.

En esta forma redonda —códice de origen, vientre, planeta— se entrelazan lo biológico y lo cósmico, lo femenino y lo primordial.

Aquí Eva no es mito ni relato moral: es la primera vibración, la energía que da inicio a todo ciclo creativo.

Cada trazo funciona como una célula que despierta; cada color, como una memoria de vida que aún no sabe que existe. La obra respira expansión, urgencia, potencia ancestral.

Porque Eva no cuenta el origen del mundo: lo encarna.

Adán

40 x 50 cm - lienzo. XC 064

Acrílico, tintas.

Adán es una erupción de tierra y océano: un núcleo esférico donde la materia se organiza por primera vez como voluntad de forma.

Aquí el origen no desciende del cielo: brota de la geología íntima del universo.

Los verdes, turquesas y óxidos se entrelazan como placas tectónicas recién nacidas, revelando una energía que empuja hacia afuera: impulso, movimiento, respiración primigenia.

La obra late como un planeta recién formado —vivo, húmedo, turbulento— que busca su equilibrio entre la luz y la sombra.

En Adán, lo humano es apenas intuición:

una fuerza que despierta, un gesto que toma cuerpo dentro del caos creador.

Mientras Eva encarna el pulso de la vida, Adán representa la materia que decide levantarse, el primer acto de afirmación del ser.

Ambos forman un díptico invisible: dos vibraciones nacidas del mismo estallido, dos modos de decir origen.

Perséfone

50 x 70 cm - lienzo. XC 107

Acrílico, tintas, pan de oro

Perséfone es una obra de tránsito y equilibrio.

Una corriente que se pliega y se despliega, como un movimiento interior que aprende a volver a la luz sin romperse.

Las formas serpenteantes atraviesan el plano como caminos de ida y regreso: descensos suaves, ascensos contenidos. El color —azules, violetas y blancos— construye una atmósfera serena, mientras el pan de oro aparece de forma sutil, como un destello que no irrumpe, sino que acompaña. Esta pieza no habla de ruptura, sino de ritmo. De la capacidad de habitar dos estados a la vez: profundidad y claridad, pausa y movimiento.

Perséfone pertenece a la serie Cosmoxénese, donde cada obra es entendida como un fragmento de origen: no una representación, sino una experiencia sensible que invita a permanecer.

Es una obra pensada para espacios vivos, donde la luz pueda recorrerla a lo largo del día y activar sus matices sin imponerse al entorno.

Ar

50 x 50 cm - lienzo. XC 049

Acrílico, gesso, arena, piedras, papel , pan de oro

Ar es una pieza que recoge la huella del mar cuando respira sobre la costa: capas de arena, gesso, papel y piedra que sedimentan memoria y luz.

La superficie se abre como un estallido de espuma que asciende, un gesto blanco que recuerda el instante en que el agua toca el aire y algo se eleva.

Los fragmentos minerales y el pan de oro actúan como restos preciosos

de un naufragio luminoso: pequeñas señales de lo que sobrevivió

y volvió a la orilla transformado.

Aquí el mar no sólo cubre: revela.

Facho

30 x 40 cm - lienzo. XC 050

Acrílico, tintas, asfáltica, pan de oro, gesso, arena

Facho es un faro antiguo encendido desde el fondo.

Una corriente turquesa y profunda atraviesa la materia como una llamarada líquida, abriendo espacio entre sedimentos oscuros y memorias sumergidas.

La textura áspera —arena, gesso, asfalto— funciona como territorio erosionado por el tiempo; sobre él, el pan de oro aparece como brasas que no se apagan, destellos que guían incluso cuando todo parece perdido.

Aquí la luz no cae desde arriba: emerge desde dentro.

El cuadro respira como un faro subacuático que recuerda que incluso en el naufragio sigue existiendo una dirección, un pulso, una llamada.

Fogar

40 x 50 cm - lienzo. XC 052

Acrílico, tintas, asfáltica, pan de oro, gesso, arena

Fogar es el lugar al que regresa la marea cuando ya no puede más.

En la frontera entre el verde atlántico y la espuma erosionada, la materia se abre como una orilla antigua: restos, sedimentos, fragmentos de historia, luz que insiste.

La capa asfáltica resuena como fondo endurecido, memoria de lo que dolió; sobre ella, el pan de oro prende pequeños rescoldos, como brasas que siguen vivas aunque la tormenta haya pasado.

Este cuadro no representa un hogar físico: es la sensación de encontrar un lugar donde por fin no te hundes.

Un territorio interior que sostiene, que recibe lo que traes y lo transforma en quietud.

Fogar es puerto, refugio y límite suave.

La confirmación de que, incluso después del naufragio, siempre hay un sitio donde la luz aún reconoce tu nombre.

Numa

30 x 40 cm - lienzo. XC 108

Acrílico, madera, pasta de modelar, gesso

Numa es una obra de escucha.

Una superficie donde la materia no se ordena: se deposita, como lo hace el tiempo sobre la roca o la sal sobre la piel.

El azul profundo actúa como fondo vital, atravesado por estratos, incisiones y pequeños relieves que recuerdan a restos orgánicos, huellas minerales o fragmentos recogidos tras un naufragio. El dorado aparece de forma irregular, erosionado, integrado en la materia, no como ornamento sino como señal de persistencia. Esta obra no busca armonía inmediata.

Habla de resistencia silenciosa, de aquello que permanece incluso después del impacto.

Numa pertenece a la serie Naufragios, donde cada pieza funciona como un vestigio: no del desastre, sino de lo que logra sobrevivir a él. Es una obra íntima, densa, pensada para ser observada de cerca, donde cada capa revela una historia táctil y contenida.

Una pieza que no se impone al espacio, pero que lo ancla.

MEMORIAS III

32 x 95 cm - MDF. XC 071

Acrílico, gesso, arena, pan de oro, conchas.

Memorias III es una pieza concebida como un fragmento de costa viva: capas de arena, gesso, pan de oro y conchas que sedimentan gestos, mareas y resonancias antiguas.

Aquí el paisaje no se representa: emerge.

La superficie funciona como una geología emocional donde cada relieve recuerda una memoria distinta —un eco de luz, una erosión, una vibración que persiste.

Su forma horizontal refuerza la sensación de horizonte:

una franja de mundo que invita a habitar la calma, el movimiento y la profundidad del Atlántico interior.

Es una memoria abierta, un territorio que sigue respirando.

Inverno

30 x 40 cm - Tríptico lienzo. XC 109

Acrílico, gesso, arena, mica mineral, pasta de modelar

Inverno trabaja sobre la idea de retorno sin dramatismo.

No como recuerdo, sino como movimiento constante: avanzar, retroceder y volver a tocar.

La obra se organiza en capas que conservan huella.

Las veladuras frías abren distancia; la arena y los blancos densos marcan el punto de contacto.

Nada se fija del todo: cada gesto queda suspendido en un estado intermedio, como una marea que reconoce su origen sin detenerse.

El formato tríptico introduce ritmo y repetición.

No divide la imagen: la mantiene en circulación.

El ojo no se posa; recorre.

Inverno no representa un paisaje ni una estación.

Sostiene un estado de pertenencia silenciosa:

la certeza de que volver no es retroceder,

sino reconocer el lugar desde el que algo sigue moviéndose.